“Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre si
no es por mí”.
San Juan 14:6.
El inicio de un “nuevo año”, en
realidad se trata de otro día estándar, que cobra relevancia en la mente de
muchos hombres y motivo de la ejecución de varias actividades individuales y
colectivas que busca afianzar el éxito en varios aspectos del ser humano. Pero
¿es preciso llegar al último día del año calendario para reflexionar y
considerar la oportunidad de convertirse en luz o en sombra, en aperturar
caminos o cerrarlos, es amigo o enemigo?
Al considerar la “oportunidad”,
que tenemos cada día, de vivir cada día a la vez, resalta la importancia de
vivir el camino de la vida en función a una alimentación no solo material sino
tanto emocional como espiritual. Jesús
es el pan de vida, pues el que va en dirección a Él nuca tendrá hambre y el que
cree en el nunca tendrá sed jamás[1].
Está claro que, cuando se trata
de alimento material, si se tiene sed existe la necesidad de tomar
agua que la sacie. Por ello una vez alimentado y saciado la sed hay premisas
que debemos considerar en cada momento: comunicar (palabras y acciones),
escuchar (contenidos y comportamientos), transitar (caminos y rutas), decidir
(ir y asumir) y compartir (información y experiencias).
Considerando que el que beba del
agua y coma del pan de vida conoceremos la verdad y la verdad nos hará libre[2].
Pues recordemos que tenemos el libre albedrio de elegir porque camino transitar
y que puerta ingresar: una puerta ancha y espaciosa o la puerta estrecha, los
caminos llanos o camino escarpado, hacer lo incorrecto o hacer lo correcto, por
el facilismo o por lo laborioso. Sin embargo estrecha es la puerta y angosto el
camino que lleva a la vida y que pocos la hallan[3].
Nuestro alimento y calidad de
agua diario determinara como vivamos cada día, no una vez al año, sino de
manera permanente al comunicar, escuchar, transitar, decidir y compartir.
Maranatha, el Señor viene.
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